
“Llegamos a la primer planta y Trebolina tenía que ponerse una mascarilla para protegerse de cualquier bichito que pudiera pulular por ahí. El Dr. Pollo le dio una a ella y le pedí otra para mi. Que me puse debajo de la nariz de payasa (mi mascarilla roja que me protege del bichito de la desesperanza).
Estábamos las dos muy guapas, tengo que reconocerlo, aunque al ratito de charlar, reír y respirar la mascarilla tiene un defectito: ¡empieza a oler muy mal!…y ni te digo si tenés agüita en la nariz lo incómoda que resulta. No lo ignoramos. No. Lo asumimos con dignidad. Así que saqué de mi cartera un súper-moco. Sí, en mi cartera de payasa no llevaba pañuelos, sino un súper-moco verde del tamaño de un limón, gelatinoso y divertido que partí en dos y compartí con Trebolina para sacarnos nuestra “foto manifestación”
Texto extraido de “Los Mil y un Latidos” actualemnte en proceso de pre-edición.
Junio 23rd, 2006
Unos amigos nos cuentan su preocupación por la salud de un amiguito de su hijo Noé. Noé tiene seis años y Daniel, su amigo también.
“Daniel está en la uvi y está muy delicado. No sabemos qué podemos hacer. Lo visité y está muy delgadito, muy cansado…intenté hacerlo sonreír y cuando por fin sonrió me acordé de ustedes… vale la pena lo que hacen… y no es nada fácil pero qué necesario… no sé que puedo hacer… lo volveré a visitar… Cómo padre, me pongo en el lugar del padre de Dani y me emociono” Nos decía el papá de Noé.
“Noé reza todas las noches por Daniel. Pasan los días y me dice que Dios no le hace caso… pero sigue rezando… no sé que decirle.” Nos decía la mamá de Noé…
La primera propuesta que surgió fué que lo visitásemos alguno de nosotros, los payasos. Pero … tantas semanas sin ver a amiguitos… ¿qué pasaría si Noé viniese con nosotros a visitar a Daniel a la uvi? … nos parecía importante primero explicarle a Noé cómo es la uvi y cómo estaba Daniel para evitar un impacto que lo pudiera desanimar.
Con sus padres coincidimos en que siempre que Noé aceptase, sería una experiencia importante que se acercarse a un amigo que era capaz de ser paciente y atravesar situaciones tan difíciles, siendo tan solo un niño, sí un niño como él.
Muchas veces los padres deciden que los niños no visiten a sus abuelos enfermos o a sus parientes porque quieren que solo guarden “buenos recuerdos”. En mi visión particular creo también que estar cerca de la gente en las buenas y en las malas no solo da a quien hace la visita experiencias profundas que también son buenas, sino una gran alegría a quien se siente atravesando un momento critico y especialmente si la visita es de un niño.
Así fuimos un domingo. Pedimos las autorizaciones correspondientes. Noé estaba al tanto de cómo era la uvi, pero nos habían avisado que ese día había mucho trabajo y del más difícil. Así que decidimos que Noé entrase con la cabeza escondida adentro de un sombrero grande, y que Daniel adivinara a quien le habíamos traído… Era una manera sencilla y un juego para evitar que el niño entrase en contacto con tantísimas situaciones de dolor y que llegase dispuesto al juego.
¡Y qué contento se puso Daniel!
De verdad, el arte del cariño y la amistad no tienen igual…
Noé intentó hacer globoflexia… y eso ya era de risa. Le cantó una canción que habían aprendido en clase sobre un león y hasta le dijo que tenía mucho morro por no haber hecho el examen sobre animales!

El padre de Daniel le dijo a Dani algo que nos sorprendió:
“¿Te acuerdas hijo, que hoy por mañana cuando rezábamos te dije que hoy te iban a venir a visitar los payasos? ¡y vinieron! Te dije también que te vas a curar ¡y vas a ver que te vas a curar!”
… Y ni él, ni nosotros supimos hasta último momento si íbamos a poder entrar allí ese domingo. La uvi no es predecible y muchas veces ni los mismos padres pueden estar con sus niños…
La vida es un misterio y nosotros no podemos más que festejar que su padre tenía razón:
Ese día llegaron los payasos, y sobre todo Daniel ya está totalmente recuperado. Ya pasaron esos días tan difíciles. Ya volvió a la escuela … ¡Y por ahí andan de fiesta en fiesta Noé y Daniel!
Junio 16th, 2006
Ángel Ludeña Martínez
Cómo vencer la Leucemia
Ed. Diego Marín Librero Editor, Murcia 2003
A quienes trabajan o conviven con entornos de hospitalización oncológica infantil, recomendamos este libro. Es la narración de un niño que con sólo 7 años tuvo que enfrentarse a esta enfermedad. El lector de cualquier edad podrá ir descubriendo cómo se vive día a día desde el momento en que se conoce el diagnóstico. Nos encontramos con su rica experiencia de dolor y de sueños. Nos adentramos en sus vivencias que nos revelan no solo las situaciones duras del tratamiento, sino la mirada de un niño que sobre todo agradece el cariño de quienes le acompañan y la presencia de Payasos en el hospital.
Junio 8th, 2006
Sobre una experiencia realizada con Payamédicos en Argentina.
Primera visita
Ayer viernes, visitamos a Mateo, uno de los niños internados en aislamiento por problemas respiratorios.
Así que con barbijo y ya sin lucir mi sonrisa dientona entré a hacer reír al delgadito nene de 4 años. Entramos y saludamos a Mateo y nos miró con la cabecita de costado como preguntándonos ¡¿Y ahora ustedes que quieren?! Bueno, la verdad que no se lo veía muy animado (porque hay nenes que sí se alegran mucho cuando llegamos).
Con Mateo venían trabajando otros compañeros de Payamédicos, cuando todavía compartía sala con otros nenes. Es comprensible que te agarre “mal humor” (al menos así definió el humor de Mateo, su mamá, ni bien llegamos) si estás internado y aislado.
Bien, Saqué unos títeres nuevos de mis bolsillos (no muy lindos, elegí los mejorcitos confiada en que, mucho del concepto de lo “feo o lindo” era cultural y que a los niños, estos títeres tal vez… les gustaban). Bueno, bueno. No es así. A Mateo les llamó la atención pero NO le gustaron, los miraba con cierto temor, así que le pregunté si le gustaba me dijo que no, “Feos”. Nos reímos todos por su sinceridad. Le dije que la verdad que tenía razón y que a todos les parecían feos y los guardamos.
En estas visitas improviso mucho, así que no voy a contarles detalles de todo el resto de intentos que hice de hacerlo reír. Mateo, ya había instaurado un juego de decir a todo que “no”. Pero lo bueno fue que notamos que ¡¡¡hacía fuerza para no sonreír!!! La mueca de sonrisa reprimida se dibujaba su carita.
Varios intentos: proponerle jugar a no reírse, imitar los dibujitos de la tele encendida, etc, etc, etc. Bueno, estábamos divirtiéndonos pero NO llegaba la RISA.
En un momento pensé que era mejor despedirme y dejarlo descansar. Cuando estoy por hacerlo, la psicóloga del equipo, le pregunta al nene, si a su Rana (un títere que tenía al lado de su almohada) le había gustado, haciendo referencia a las propuestas de juego, frente las que el nene anteriormente había dicho que no. ¡Oh, sorpresa!, a la rana le encantaban.
Entonces, con renovada ilusión, veo que los en dibujitos animados que pasaban en la tv, que atraía la mirada del nene, tenían unos tambores. Me acordé que yo, en el “vestuario”, tenía una pandereta que uso cuando doy clases. Y me fui corriendo a buscarla para tocar yo también. Llegué de vuelta agitada. En la tele ya no había más tambores. Le pregunté a Mateo si quería que tocáramos juntos.
_¿Querés que hagamos música? Yo toco el triángulo y vos el xilofón.
_No.
_¿Y alrevéz? ¿Yo toco el xilofón y vos el triángulo?
_No.
_¿Y querés que toque yo?
_No.
_Bueno entonces NO Tocamos.
Pero yo tenía todos los instrumentos colgando de la misma muñeca y sólo con respirar se movían los platillitos de la pandereta y chocaban con el triangulo o el “xilofón”.
-¡SHHHHH! æles dije a los instrumentosæ Que Mateo no quiere que toque. æY Sonaban igual-.
Mateo aflojo algunas risitas.
_ShhHHHHHSSSSSSSSS. ¿A vos te parece Mateo?
_Mateo aflojó otro poquito de risa.
CCHHHHHSSSSSSSSSSS. ¡Que les voy a pegar, eh!. ¡Les pego! (Con el juego del enojo y el énfasis movía más los instrumentos y producía más sonidos).
_¿Les pego Mateo?.
Mateo que ya se reía dijo:
_¡Sí! amigos: me dijo que ¡¡¡¡¡¡¡¡Ssssiiiiiiiii!!!!!!!!!
Y les pegué con el palito y salió más sonido. Mateo se empezó a reír cada vez mas fuerte. Y sí, quería y le encantaba que les pegase. Les pegué cada vez más y salieron notas, ritmos, mucho ritmo, como si tuviera una batería. Hice percusión con todo, con la cama metálica, con la mesada. Ya bailaba y bailaba a lo loco. Lo maravilloso fue el coro de carcajadas, CARCAJADAS de Mateo, que parecían imposibles y ahora no paraban.
Fue emocionante. ¡Que hermosas carcajadas, por favor! Qué genial, qué regalo escucharlo, qué ganas de reírme también así. Y nos alegró a todos. Durante bastante tiempo reflexioné sobre la sensación de agradecimiento que sentí hacia el niño por el regalo de sus carcajadas. Tal vez porque yo suelo reír mucho y suelo escuchar risas. Pero con tanta guerra y cosa triste, que me di cuenta de que hace tiempo que yo no río así.
Observaciones del trabajo:
Es indicativo que el niño a lo único que dijo “Sí” fue en relación al castigo de pegarle a los instrumentos, como necesidad de expresar su enojo. El niño seguramente viva su enfermedad como un castigo. Para nadie es fácil comprender el porqué nos toca atravesar situaciones de enfermedad. Tenía una gran necesidad de descargar la angustia de estar enfermo. Esta experiencia es significativa porque pudo canalizar su agresividad creando música y así nació la sonrisa, la carcajada de él y de todos. Aquí nuevamente destacamos la sublimación a través del arte.
También es significativo que, habiéndose instaurado la necesidad del niño de decir a todo que no, haya manifestado su aceptación a través de la voluntad de su títere (de esta manera, logra superar la estigmatización del disgusto de sentirse enfermo y a través de su propio títere manifiesta que sí, que le gusta la visita). Éste le permitió manifestar algo que él no se permitía (“Cómo me puedo divertir y jugar si mi familia está tan angustiada.”).
A través de los títeres, así como del juego espontáneo, los niños nos revelan su mundo interior.

Segunda parte:
“Después del gran festejo de la música y las carcajadas, pasamos del forte al pianíssimo. La música aminoró, hasta que volvieron apenas los sonidos iniciales del los platillitos de la pandereta.
_¡Es el viento! (Dijo Mateo. Todos nos sorprendimos con su razonamiento y lo festejamos).
_¡Es el viento, es el viento! æDijo ya, en tono más acusador. No recuerdo si fue su propuesta o la mía. Pero en todo caso, con mucho entusiasmo aceptamos en darle unas “palizas” al viento, jugando, dando golpes al aireæ.
_Bueno, ¿listo? ædije, ya traspirandoæ.
_Si ya está, ædijo Mateoæ. Se murió.
_¿Quién se murió?
_El viento. Todo se murió. Vos también te moriste.
Suena duro, pero lo dijo con dulzura.
_Si es verdad (dije). Yo estoy muerta de cansancio y de calor.
Y empecé a sacudirme la pollera. Con lo que se sorprendió y espió bajo mi falda. Le dije (en tono juguetón) ¡qué allí no se miraba!
Nos despedimos. El rostro del niño ya tenía una expresión relajada, alegre y afectuosa y nos despidió sentado desde la camita, enviándonos muchos besos con sus manitos._
Los primeros comentarios al salir fueron que había sido precioso escuchar esas carcajadas tan intensas y reprimidas del nene. Todo nos había emocionado mucho. También aludimos a las sensaciones que tuvimos cuando habló de la muerte. Dijimos que había sido fuerte pero que lo habíamos tomado y transformado y eso era positivo.
Cuando en un hospital, un nene tan pequeñito nos habla de la muerte, a todos los que estamos cerca, nos moviliza. Él nos abrió su mundo interior sus miedos más auténticos y de manera directa sin metáforas. “Todo se murió.” El chiquito, ahora estaba mejor de salud pero había estado internado en terapia intensiva durante dos meses con un riesgo altísimo de vida. Seguramente con sus poquitos años sintió de cerca la realidad de la muerte.
Si bien, ante el tema de la muerte la reacción mía había sido transformar la muerte en algo natural, menos dramático, quedé con la necesidad de reflexionarlo de manera más profunda y asumir la cuestión que el niño me puso “sobre la mesa”.
Así fue como pensé y pensé, y pensando fue como decidí, en la medida de lo adecuado, retomar el tema de la siguiente manera:
Le contaría al Mateo que al irme el viernes anterior, me había dado cuenta de que el viento andaba haciendo travesuras por ahí, que movía los árboles y las hojas y que las flores bailaban con el viento. Entonces que creí que era muy importante poder contarle que en verdad el viento no se había muerto, y se lo tenía que demostrar de alguna manera. Cómo al hospital no llega el viento, pensé distintas posibilidades: ¿llevarle un árbol? ¡Era muy pesado! ¿Llevarle una rama del árbol?… ¡No pobre árbol! … Y entonces pensando y caminando… de repente vi algo ¡fabuloso! Algo con muchos colores que giraba y giraba! … ¡Un molinete de viento!.
Decidí abrir mi maletín, y mostrarle el molinete de viento, mostrarle que allí no giraba porque allí no llegaba el viento. Sólo era cuestión de darle con soplidos, el viento de uno, y de esa manera el molinete giraría.
De esa manera, además de resignificar la vida del viento, también realizaría ejercicios respiratorios.
Segunda visita
Así fue como llegué ese segundo viernes con el molinete dentro de la valijita. Pero no salió de allí porque la sala estaba llena de gente. ¡Éramos como 7 además de Mateo!. Mateo estaba super activo, de manera distinta a la habitual pasividad que mostraba. Charlaba con todos, manejaba la situación a su antojo. Tal era el ánimo que tenía, que nos sorprendió. En un momento me di cuenta que estaba hurgando dentro de mi valija (cosa impensable para otros) y me costaba pautar los límites. Sin embargo él, con más claridad que yo, sí puso los limites que necesitaba. Dividió el espacio de la habitación con una mesa y una silla para que solo quedásemos de su lado los payamédicos.
La necesidad de pautar y respetar ciertos límites “sin culpabilidades ni culpabilizar” fue un nuevo punto de reflexión luego de la jornada. No sólo a los padres, también a mí como profesional me costaba poner limites a este niñito.
En el trabajo con el niño, viajamos por una vereda imaginaria con un coche a “seis patas” (Violeta, Mateo y yo), saludamos por la ventana a los demás y llegamos a su casa donde nos contó que tenía una bicicleta, no de “dos ruedas” sino de “una rueda y otra rueda”.
Luego le dijo a Violeta que subiera alto, hasta el cielo. ¿Al Cielo? Sí, al cielo. Bueno, entonces intentamos subir alto a Violeta, con silla, escalera imaginaria y demás. Y él dijo “ya está, ya estás en el cielo”. Violeta también percibió que volvía implícito el tema de la muerte en el juego de Mateo. De hecho, al ratito nos dijo que afuera de la ventana estaban los monstruos y que había que enfrentarlos. Y les dijo, enojado, sacudiendo el dedo: ¡fuera monstruos déjense de romper los huevos! La madre lo disculpó diciendo que él no se expresaba así: “Se referiría a los huevos de los dinosaurios”.
La psicóloga del equipo, Andrea Romero, le preguntó:
_¿Y dónde están los monstruos Mateo?
Él respondió que afuera de la ventana. Y que quería venir a comerse a Violeta. Entonces le dije que yo tenía una manera de defendernos y armamos un globo espada, con mi inflador æy allí aproveché para decirle que era una maquinita de hacer vientoæ y le mostré blandiendo el globito, cómo hacer para defenderse de los monstruos. Demostramos mucha convicción con Violeta de que ya no había peligro y Mateo agarró el globito, se puso detrás del tubo de oxígeno más grande que él y dijo otra vez:
æ¡Fuera monstruos! ¡déjense de romper los huevos! (la madre se rió). La psicóloga le preguntó que era eso que hacía (él empujaba el tubo y la espadita cerca de la ventana) y él explicó que con esas dos armas él se defendía de los monstruos que estaban afuera. La psicóloga le preguntó si ya se sentía preparado para enfrentar solito a los monstruos. Él dijo que sí. Así que misión cumplida. Nos despedimos mientras él seguía intentando parar la espada globo, al lado del gran tubo de oxígeno.
Tercera visita
Tarea cumplida:
El tercer viernes llegué con los instrumentos musicales colgando de la muñeca (pandereta, etc.) y el molinete dentro del maletín. Sólo estaba la madre y Mateo.
Recordamos con Mateo todo lo que nos reímos pegándole a los instrumentos y haciendo música. Y pude llevar adelante todo el plan del viento y el molinete (ver segunda visita).
Aprendió a soplar el molinete dándole su viento. Y la mamá le dijo que tenía que comer bien para soplar bien el molinete.
Cuando me fui Mateo no dijo chau chau, ni me tiraba besos con sus manitos. Sacudía su manito pero el chau y los besos fueron remplazados por los Gracias Gracias Gracias, que se escuchaban hasta en el pasillo donde me preguntó un compañero: ¿gracias de que?
Misión cumplida. Me sentí muy felíz. Y siento que Mateo también. No hubo carcajadas esta vez, pero hubo unas miradas muy profundas y muy felices. El viento vive y Mateo tiene su viento dentro.
Amandina, Licenciada en Alegría
Extracto de “Soñamos con el Teatro. Recursos creativos para trabajar con niños y adolescentes” de Verónica Macedo, edit. EDB; Bs. As., Argentina. Febrero de 2004
Junio 5th, 2006